La carta de esta semana la escribe Marcos González Álvarez. En ella nos habla de ese amor que se espera durante toda la vida.
CARTA DE AMOR:
“La primera vez que vi tus ojos me di cuenta de que eras tú. Te reconocí enseguida. Eras tal y como había imaginado: la misma sonrisa, el mismo pelo, la misma boca. Nada había en ti que para mi no fuese nuevo.
Te busqué durante años. Recorrí por tierra y por mar cada rincón del planeta. No dejé un lugar sin visitar. Pregunté por tu paradero a todo aquel con quien me cruzaba, pero en ninguna parte encontré a nadie que supiera decirme dónde estabas. A pesar de ello, intenté siempre mantenerme firme y no perder nunca la esperanza. Hubo días difíciles en los que sin querer me vine abajo y no pude evitar que me asaltasen las dudas. Al fin y al cabo soy solo un ser humano. La desesperación se apoderó de mí hasta el punto de que llegué a meditar la posibilidad de salir a buscarte fuera de nuestra galaxia. Se me había metido en la cabeza que tal vez podrías esconderte en algún punto del firmamento disfrazada de estrella.
En aquel momento la razón ya no guiaba mis actos Empecé a creer que no existías, que quizás únicamente fueras una ilusión, un deseo irreal que al menos me había hecho sentir vivo. La rutina diaria comenzó a ahogarme con todo su repertorio de anodinas redundancias. Me sentía atrapado en un callejón sin salida, y lo peor es que carecía de aliciente alguno al que agarrarme. Perdí la noción exacta de los días. No diferenciaba el lunes del jueves ni el martes del viernes. Todo era una continua repetición que no parecía tener fin.
Y entonces llegó aquella mañana. Recuerdo que estábamos en primavera. Los pájaros cantaban sus más bellas melodías y los campos se habían puesto de gala para recibirte. Yo me levantaba para ir al trabajo. Salí de casa, como cualquier día, con la intención de coger el autobús. Comencé a caminar y justo al doblar la esquina, de repente, como por arte de magia, surgiste de la nada, envuelta en piel y carne. Me miraste y allí, en aquel preciso instante, descubrí que el corazón servía para mucho más que impulsar la circulación sanguínea. A partir de ahí ya no hicieron falta palabras para entendernos.
Ahora, después de tantos años, quiero agradecerte todo este tiempo juntos. Han sido los mejores años de mi vida. Realmente pienso que han sido los únicos. Contigo he aprendido cosas que no se explican en ninguna universidad del mundo. Me enseñaste a querer, a odiar, a reír, a callar, a gritar, a perder y a ganar. Contigo he conseguido definitivamente olvidarme de mí. Gracias por elegirme y hacerme soñar cada día”.