Hoy hablamos del mito de Carmen, inmortalizada por la obra de Prosper Mérimée.
“Toda mujer es hiel. Pero tiene dos momentos buenos: uno en el tálamo; el otro, al morir.”
Con esta cita Prosper Mérimée encabezaba la novela que le llevaría a la fama no tanto por su calidad literaria, sino por la creación de un personaje, Carmen, que habría de convertirse en un mito. Heredera de Pandora o de Eva, Carmen aúna a todas esas mujeres que antes que ella, han sabido atraer la mirada del hombre para utilizarle a su antojo, ejerciendo un poder, el de la seducción, que en ocasiones puede tornarse peligroso. Hermosa pero mala, coqueta y osada, mentirosa y al tiempo leal, Carmen consigue arrebatar el corazón de cualquiera para jugar con él con la misma desidia y complacencia que la esgrimida por el gato hacia el ratón. Carmen huele a jazmín, viste de rojo y a través de los agujeros de sus medias se intuye todo lo que esconde. Fuma, se contonea y elige a sus presas con mimo porque sabe que, antes o después, será ella misma la víctima de su propia maldición.
Llevaba una falda encarnada, muy corta, que dejaba ver unas medias de seda blancas con más de un agujero, y unos preciosos zapatos de tafilete rojos anudados con cintas de fuego. Apartaba la mantilla para enseñar los hombros y llevaba una flor en la comisura de la boca. En Sevilla, todos le echaban algún piropo atrevido sobre su porte; ella respondía a todos mirándolos de reojo, con un brazo en jarras, descarada como la auténtica gitana que era.
Prosper Mérimée llegó a España siguiendo el afán del viajero romántico de encontrar lugares exóticos, capaces de alimentar su vena literaria y de saciar su natural curiosidad. En muchas de sus novelas, relatos y crónicas España ocupa un lugar preferente, pero es sólo con “Carmen” que el escritor francés realiza una obra que engloba lo típico y lo tópico de nuestro país. A pesar de ser extranjero, o precisamente por ello, Mérimée consigue definir lo que ve y experimenta con tal precisión que convierte la fantasía literaria en una parte de la realidad que, a pesar de rozar a menudo el ridículo, forma parte de nuestra cultura, de lo que somos, pero sobre todo de cómo nos ven los demás. Así la estampa de la mujer racial, ardiente, desvergonzada y enamorada de si misma, adquiere un nombre y se convierte en mito: Carmen. Carmen de España.
CARMEN (Texto de la Habanera)
¡El amor! ¡El amor!...
El amor es un gitanillo,
que nunca conoció ley alguna,
si tú no me amas, yo te amo,
y si yo te amo, ¡Ten cuidado!...
El pájaro que creíste sorprender
batió sus alas y voló lejos...
Si tratas de cazarlo, el amor se va,
más si no lo intentas él retornará.
Vuela a tu alrededor, rápidamente
viene y va, luego vuelve;
si piensas que lo agarraste, él te evita,
si piensas que escapaste, él te tendrá.
¡El amor! ¡El amor!...
Si la novela de Mérimée, creada a partir de la crónica publicada en un periódico de una pelea entre dos cigarreras, obtuvo un gran éxito este no es comparable al de la ópera “Carmen”, paradigma de la españolada compuesta, una vez más, por otro francés: Georges Bizet. El genial compositor, fascinado por la novela, creó a partir de su personaje principal una ópera que se estrenó en París en el año 1875 y significó un fracaso rotundo en su carrera. Nadie, o casi nadie, fue al teatro esa noche, porque se consideraba que “Carmen” no era un argumento adecuado a la seriedad y altura que debía mantener la ópera. De esta manera resonó en el espacio vacío del patio de butacas una partitura que, con el tiempo, habría de convertirse, en una de las más importantes y conseguidas de la historia de la música. El joven Bizet sin embargo, murió tres meses después del estreno, dicen que de tristeza por la mala acogida de una obra magna a la que dedicó toda su energía. Poco tiempo después se volvió a estrenar y el éxito fue apoteósico pero Bizet ya no estaba ahí para recibir los aplausos.
Mérimée y Bizet, el primero un misógino reconocido y el segundo un ser atormentado, crearon en papel y música un mito. Un mito femenino, imaginado y deseado por hombres con dificultades en sus vidas personales y sentimentales. Del amor y del odio nace Carmen y, como sucede con todos los grandes personajes construidos a partir de la ficción, Carmen cobra vida y se hace cada vez más grande y fuerte. Así el prototipo de la mujer a medio camino entre el demonio y el ángel, entre el bien y el mal se convierte en una aparición poderosa, a la que es difícil substraerse.
"Una tarde, a la hora en la que no se ve ya nada, estaba yo fumando apoyado en el pretil del paseo, cuando una mujer coronó la escalera que conduce al río y vino a sentarse cerca de mi. Tenía en el pelo un gran ramo de jazmín, cuyos pétalos exhalan de noche un olor embriagador. Al llegar cerca de mi, dejó deslizarse sobre los hombros la mantilla que le cubría la cabeza y en la obscura claridad que cae de las estrellas me percaté de que era menuda, joven, bien proporcionada y que tenía los ojos muy grandes."
Dicen que para que una mujer española sea de perfecta y absoluta belleza debe cumplir muchos requisitos como por ejemplo tener tres cosas blancas: la piel, los dientes y las manos; Tres negras: los ojos, las cejas y las pestañas; Tres coloradas: los labios, las mejillas y las uñas... y así hasta alcanzar treinta condiciones que seguramente Carmen cumplía con creces. Pero la belleza, al igual que el talento, nunca han sido sinónimo de felicidad y la famosa cigarrera fue una mujer que no supo o no quiso protegerse de las embestidas de la vida. Esta es quizá la mayor fuerza de una historia que desde el principio de sus páginas, al igual que desde los primeros compases, permite que un funesto presagio la sobrevuele. Carmen muere, como no podría ser de otra manera, asesinada por su amante.
"La herí dos veces. Cayó al segundo navajazo, sin gritar. Creo estar viendo aún sus grandes ojos negros mirarme fijamente, luego se nublaron y se cerraron. Quedé anonadado más de una hora ante el cadáver. Recordé después que Carmen me había dicho frecuentemente que le gustaría ser enterrada en un bosque. Cavé una fosa con el cuchillo y la dejé allí."
Muere Carmen, símbolo de la belleza femenina, del desparpajo y de la sensualidad. Muere, a manos de uno de sus amantes por guapa, por misteriosa, por no querer pertenecer a nadie. Así Carmen ha sido asesinada varias veces, primero en la fantasía de un escritor que quiso castigarla por sus pecados, y después en la música de un compositor que pensaba que su muerte era la única redención posible para una pecadora. Y sin embargo Carmen sobrevive, impasible ante el paso del tiempo, con una media sonrisa que la convierte en una mujer inasible, orgullosa, fiera y feliz de su condición. Una mujer que quiso serlo, hasta el fondo, con todas sus consecuencias y que hoy se la conoce como una figura mítica, con ecos lejanos y al tiempo modernos, que la convierten en inmortal.